El libreto decía que a esta altura la función debía ser un drama en tonos grises, de esos que se miran con una manta en las rodillas y un suspiro contenido. Pero yo decidí prender fuego las instrucciones y traer mis propios tarros de pintura.
Afuera, el mundo insiste con sus pasteles aburridos y su concepto lineal del tiempo. Me tildan de conformista porque no corro hacia el horizonte que ellos marcan, pero no entienden que mi carrera es interna y mi meta es la autenticidad. No estoy quieta; es que mi escenario se desplaza conmigo.
Mientras el agua empieza a cantar en la cocina y el aroma familiar envuelve el aire, miro los nuevos actores que se sumaron a la trama. Algunos traen guiones complejos, otros solo vienen a compartir un silencio necesario. Los recibo a todos con el arcoíris en plenitud, porque en esta etapa entendí que la verdadera rebeldía es no desteñirse para encajar en el decorado ajeno.
Mi vida no es una foto estática de "lo que debería ser" a los cincuenta y tantos. Es una película de acción donde las paredes mutan, los muebles cambian de ciudad y el corazón sigue latiendo en fucsia y naranja eléctrico. Estoy en movimiento, sí, pero no huyendo, sino habitando cada centímetro de este caos vibrante que elegí llamar hogar.
Si la escenografía se mueve, que así sea. Yo sigo aquí, con el pincel en la mano, asegurándome de que el brillo no se apague nunca.