martes, 27 de enero de 2026

Cuando la vergüenza no frena, empuja

La vergüenza es el precio a pagar por ser la persona que queremos ser.
Cuando la escuché, algo hizo clic.
No fue una frase más: fue un sacudón suave pero certero, de esos que no te gritan… pero te dejan pensando todo el día.
Porque nadie nos dijo que crecer dolía así.
Que animarse a ser uno mismo implicaba exponerse.
Que muchas veces, antes de la libertad, viene el ridículo.
Antes de la coherencia, el “¿qué van a pensar?”.
Antes de la verdad, el temblor.
La vergüenza aparece cuando dejamos de obedecer el guion.
Cuando ya no encajamos.
Cuando decimos que no, cuando decimos basta, cuando decimos esto soy aunque no esté pulido, aunque no sea cómodo para otros.
Y ahí entendí algo importante:
no es que la vergüenza sea el problema.
El problema es dejar que nos frene.
Porque toda versión valiente de nosotros mismos fue, antes, una versión incómoda.
Torpe.
Expuesta.
Señalada.
Ser quien queremos ser no es elegante.
Es desprolijo.
Es ensayo y error.
Es quedar mal para quedar en paz.
Y no, no se trata de volverse impune ni cínico.
Se trata de dejar de vivir pidiendo disculpas por existir.
De elegir la dignidad antes que la aprobación.
La coherencia antes que el aplauso.
Quizás la vergüenza no sea una señal para retroceder,
sino la prueba de que estamos yendo hacia algo más honesto.
¿Qué versión tuya estás frenando por vergüenza?

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