viernes, 31 de julio de 2026

Vos y yo...

 Así somos, terremoto y calma... mate compartido con cascaritas de limón o de naranja... palabras rumiantes que nos encuentran en el silencio... voces cóncavas con aroma a pan recién horneado.

Entre el caos y la quimera, nuestros planetas terminan por alinearse en una sonrisa eterna. 

Porque hay encuentros que no necesitan explicaciones; les alcanza con la certeza de sentirse hogar.

Te amo con mi alma entera.

Adriana 🌼 



Preguntas...

Hay una pregunta que me visita cada tanto: ¿dónde queda todo ese amor que todavía teníamos para dar cuando la persona ya no está?
Me gusta creer que no desaparece. El amor no muere con la muerte; simplemente pierde el lugar donde solía posarse. Ya no encuentra esas manos que abrazar, esa voz que escuchar o esos ojos donde reconocerse.
Entonces cambia de forma, se vuelve recuerdo que acaricia, lágrima que honra, sonrisa inesperada al evocar un instante compartido. Se transforma en la manera en que miramos el mundo, en los gestos que aprendimos de quien amamos y en el cariño que, sin darnos cuenta, sembramos en otros.
Porque el amor verdadero nunca fue solo presencia, también es huella.
Quizás por eso el duelo duele tanto, no porque el amor se haya terminado, sino porque sigue vivo buscando un lugar donde quedarse.
Y tal vez ahí esté la respuesta... el cariño que quedó por dar no se pierde, se convierte en la parte más silenciosa y, al mismo tiempo, más eterna de nosotros.
                      Adriana S. Blanche 🌼




sábado, 4 de julio de 2026

La estacion donde nunca llegaba el tren.

Dicen que hay estaciones construidas para despedidas. Yo creo que existen otras peores: las que fueron hechas para esperar.

Ella llegaba siempre unos minutos antes, se sentaba en el mismo banco de madera, acomodaba el cuello del abrigo y miraba las vías como quien mira el horizonte esperando que, por fin, algo tenga el valor de llegar.

De vez en cuando, a lo lejos, se escuchaba un silbato, el corazón le daba un vuelco.

–Ahora sí!!!!... pensaba

Pero el tren apenas asomaba, disminuía la velocidad, parecía que iba a detenerse... y volvía a desaparecer entre la niebla.

Así pasaron los días, los meses, las estaciones.

Había aprendido el idioma de las esperas, el de los "casi", el de los "quizás", el de los "algún día".

Hasta que una mañana descubrió algo extraño. Las flores que crecían junto al andén nunca habían dejado de florecer, los pájaros seguían cantando.

El sol seguía calentándole la cara, y ella... ella llevaba tanto tiempo mirando las vías que nunca había visto el jardín que tenía detrás.

Se levantó despacio, por primera vez no miró el reloj... ni el horizonte.

Ni el humo imaginario de un tren que nunca terminaba de llegar, caminó hacia el otro lado.

Hbía un sendero que no figuraba en ningún mapa, estaba cubierto de yuyos, de margaritas salvajes y de esas pequeñas rebeldías con las que la vida recompensa a quienes se animan a dejar de esperar.

Entonces entendió, no había perdido un amor, había perdido años creyendo que el amor siempre llegaba desde afuera.

sonrió con los ojos húmedos, no porque hubiera dejado de querer, sino porque había empezado, al fin, a elegirse.

Y mientras el viento despeinaba los recuerdos, escuchó un último silbato a lo lejos...No se dio vuelta.

Algunas historias no necesitan que el tren llegue, necesitan que una mujer descubra que también puede caminar.

Y cuando dio el primer paso, la estación quedó atrás, no como un fracaso, sino como el lugar exacto donde aprendió que la esperanza más valiente no consiste en esperar a alguien.

Consiste en no dejar de encontrarse a una misma.

                          Adriana 🌼 


Mis 53!

  Mi sombra ya no me persigue: aprendió a caminar conmigo...                       A los 53 no me domestiqué, peor, aprendí a conocerme. Sig...