Ese día decidí escapar.
No corrí, me serví un mate con cascaritas de naranja, con ese perfume que abre la mañana y me recuerda que lo simple también es sagrado.
Me subí a la bici y dejé que la ciudad me llevara, que el viento despeinara las ideas, que el sol me pintara los hombros.
En mis auriculares sonaba una canción que me revolvía el alma, y en la mochila llevaba un libro de esos que te muerden la cabeza y te acarician el corazón. Sentí que la felicidad se escondía justo ahí, en ese revoltijo de momentos tan pequeños como inmensos.
Y mientras pedaleaba, algunas palabras locas se colaban, jugando a dibujarse en un papel imaginario...versos rebeldes, tiernos, filosóficos, un garabato íntimo que decía...la felicidad no siempre se piensa.
A veces se bebe, se pedalea, se lee, se canta…
y, sobre todo, se vive.
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