domingo, 29 de marzo de 2026

Escenografía en movimiento.

El libreto decía que a esta altura la función debía ser un drama en tonos grises, de esos que se miran con una manta en las rodillas y un suspiro contenido. Pero yo decidí prender fuego las instrucciones y traer mis propios tarros de pintura.
​Afuera, el mundo insiste con sus pasteles aburridos y su concepto lineal del tiempo. Me tildan de conformista porque no corro hacia el horizonte que ellos marcan, pero no entienden que mi carrera es interna y mi meta es la autenticidad. No estoy quieta; es que mi escenario se desplaza conmigo.
​Mientras el agua empieza a cantar en la cocina y el aroma familiar envuelve el aire, miro los nuevos actores que se sumaron a la trama. Algunos traen guiones complejos, otros solo vienen a compartir un silencio necesario. Los recibo a todos con el arcoíris en plenitud, porque en esta etapa entendí que la verdadera rebeldía es no desteñirse para encajar en el decorado ajeno.
​Mi vida no es una foto estática de "lo que debería ser" a los cincuenta y tantos. Es una película de acción donde las paredes mutan, los muebles cambian de ciudad y el corazón sigue latiendo en fucsia y naranja eléctrico. Estoy en movimiento, sí, pero no huyendo, sino habitando cada centímetro de este caos vibrante que elegí llamar hogar.
​Si la escenografía se mueve, que así sea. Yo sigo aquí, con el pincel en la mano, asegurándome de que el brillo no se apague nunca.

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